Pues sí. Después de dos años y medio, terminé mi primera novela.
Alguno de vosotros pensaréis: "Más tiempo llevas sin escribir en el blog". ¡Pues claro! ¡Estaba ocupado escribiendo mi novela! ¿Qué esperabais? Pero sí, la verdad es que tenéis razón. Casi han pasado cinco años desde que publiqué la última entrada en este blog. ¡Casi cinco años! Y han pasado tantas cosas en estos cinco años: me diagnosticaron cáncer, me he peleado (y aún sigo haciéndolo) con él, he tenido una hija maravillosa, la empresa en la que trabajo desde hace casi quince años lucha por no irse a pique después de 75 años de historia... Y mientras tanto, yo... novelando. ¡Toma ya!

Pues sí. La empecé un 13 de septiembre de 2013. O sea: 13-9-13, fecha que, así escrita, resulta capicúa. Una fecha bonita que parecía pedir a gritos que empezase un gran proyecto. Así que, desde la habitación del Hospital Infanta Luisa, donde me hallaba ingresado tras la primera de mis intervenciones quirúrgicas en esta larga lucha contra el cáncer, me dije: "voy a tener una hija, ya planté en su día un olivo... Tan solo me falta escribir un libro". Y ese mismo día empecé a escribir la novela que siempre soñé: "El tesoro del Artemisa". Bueno, a decir verdad, el título no se lo puse hasta que la hube terminado. Curiosamente, la finalicé en la misma habitación en que la empecé, dos años y medio después, durante mi última sesión de quimioterapia hasta la fecha.
No es fácil escribir una novela, no. Ni mucho menos. Al menos, a mí no me ha resultado fácil. Hay que documentarse, recurrir a menudo a diccionarios, repasar y revisar constantemente... La creatividad no mana por los poros de la piel; uno no es creativo así como así, por genética. No. La creatividad hay que buscarla: hay que hacer esquemas, elaborar la trama de la obra, trabajarse la forma de ser y actuar de cada personaje, escoger los escenarios adecuados y elaborar un hilo conductor que guíe al lector a través de la obra y que no lo desoriente entre capítulo y capítulo. En definitiva, un curro de padre y señor mío. Sí, vale, hay quien escribe novelas como quien hace churros (sin menospreciar a los churreros); pero claro, el resultado es de esperar: para bien o para mal, un churro. No quiero decir con esto que la mía sea el no va más de la narrativa, pero algo más que un vulgar buñuelo sí que vale. Bastante más me ha costado hacerla. Y en este trajín creativo he involucrado a familia y amigos en la tediosa tarea de revisar una y otra vez mis capítulos. Ellos me han ayudado a mejorar la ortografía, el ritmo, me han comentado lo que les gustaba y lo que no... en definitiva, he tenido la suerte de contar con un grupo de colaboradores que me han echado un cable durante estos dos años. Y esa ayuda no sólo le ha venido bien al texto de la novela, también me ha venido de lujo a mí en la lucha con mi enfermedad porque me he sentido acompañado y querido. Escribir la novela ha sido una actividad terapéutica, una terapia de grupo que recomiendo a todo aquel que disfrute escribiendo. Porque te tiene que gustar, si no... pegarse dos años a disgusto no lo aguanta cualquiera.
Como os decía, he contado con una pequeña ayuda de un puñado de amigos a los que desde aquí quiero agradecer su colaboración a lo largo de estos dos años: Fernando Jiménez, Fernando Usero, Almudena Bonaplata y Carlos Mozo. También a Manolo Coca, a Adela Mateos de Tejada y a Ángeles Carballar por sus comentarios.

Por supuesto tengo que dar las gracias también a María Auxiliadora Domínguez, mi maestra en aquel 1º de EGB del año 82. Ahora es mi editora. He tenido la suerte de que confiase en mí desde que le envié el borrador con los primeros capítulos y le estoy enormemente agradecido por todo el trabajo que se ha pegado para editarla y publicarla en su pequeña
editorial Hilos de Emociones. Es fabuloso contar con una editorial (en un pueblo como Santa Olalla del Cala, tan pequeño, aún más) que anime a los potenciales autores locales a crear. Es para estar orgullosos. Gracias Mari.
Mari fue una de mis primeras maestras, por no decir que fue prácticamente la primera; pero hubo más maestros en aquel colegio Fundación Gragera y de León (hoy colegio Ruta de la Plata) que supieron inculcarnos -creo que en mí caló- el amor por la lectura y la escritura, que nos grabaron a fuego las preposiciones... ¡que nos enseñaron Cultura Andaluza! Quiero dar las gracias también a esas monjitas de la Providencia de GAP, por acercarnos a
Antoine de Saint-Exupéry, a
Julio Verne y a
Enid Blyton. ¡Ah cómo añoro aquella magnífica biblioteca del convento!
Hasta aquí por hoy. Próximamente os dejaré una breve sinopsis de la obra y os informaré del día y lugar de la presentación de la novela y como conseguirla. Espero veros a todos.